La muerte tiene un lugar singular, incluso familiar, en la cultura mexicana. En el cine nacional, esa relación simbiótica entre vida y muerte se ha traducido en personajes, mitos y tradiciones que se entrelazan en discursos visuales. Por eso, exploraremos cómo ha sido representada la muerte a través de leyendas tradicionales, su paso al cine clásico y su vigencia en el cine contemporáneo, especialmente en el género de terror.
Tradición y mito: la muerte antes del cine
La cosmovisión prehispánica consideraba la muerte como una continuidad, no como una línea final, donde morir era trascender, transformarse. Luego, con la llegada de la religión católica, surgieron figuras híbridas como la Catrina, creada originalmente por José Guadalupe Posada, símbolo de que la muerte no discrimina clases sociales. Esta manera de “humanizar” a la muerte es fundamental en muchos relatos audiovisuales.
El mito de La Llorona, por ejemplo, se ha convertido en un arquetipo mexicano recurrente. Aunque su origen se pierde entre folclores orales, su adaptación al cine muestra cómo una figura espectral femenina obsesionada por la pérdida, puede encarnar miedo, luto y memoria colectiva.
Clásicos del cine mexicano: la muerte como personaje
Una de las obras más emblemáticas sobre la muerte en el cine mexicano es Macario (1959/60) de Roberto Gavaldón, nominada a Mejor Película en la 33 edición de los Oscar, a la Palma de Oro por Mejor Película en el Festival de Cannes en 1960, y ganadora a Mejor Película Hispanoamericana en la edición 18 de las Medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos.
Se basa en la novela de B. Traven, narra la historia de un campesino que hace un pacto con la Muerte, ofreciéndole un pavo a cambio de poder sanar a otros. La Muerte no es monstruo, un mal o una enemiga, sino interlocutora y una compañera inevitable.
Este filme no sólo consagró visualmente la figura de la muerte en el cine mexicano, también introdujo el simbolismo del Día de Muertos como eje narrativo e identitario. Flora Mora, en el artículo “‘Macario’, un hito en la representación de Día de Muertos en la industria cinematográfica mexicana (1930-1960)”, identifica tres etapas en la forma de tratar la festividad en el cine: desde su aparición simbólica hasta su presencia plena en la trama.
Otro ejemplo es La Muerte Enamorada (1951), de Ernesto Cortázar, en la que la Catrina se enamora de un hombre mortal, tensionando lo romántico con lo sobrenatural.
Pero el cine clásico mexicano no restringe la presencia de la muerte sólo a lo mítico. En géneros populares como la comedia o lo fantástico, se le trata con familiaridad. En palabras de Arturo Cruz Bárcenas para La Jornada, “en el cine mexicano […] la muerte se representa como un personaje con el cual se puede dialogar e insertarlo en el argumento” y no como un ente aterrador típico del terror extranjero.
Día de Muertos y cine contemporáneo: ritual y terror
Con el cambio de siglo, la fiesta de Día de Muertos ha sido reinterpretada por nuevas generaciones de cineastas como un escenario simbólico potente para narrativas híbridas entre memoria, horror y realismo fantástico.
Películas como Luto (2023) una obra contemporánea mexicana dirigida por Andrés Arochi, exploran el duelo y la pérdida desde una óptica íntima, con símbolos oníricos que rastrean cómo la muerte atraviesa la psique humana.
Pero la persistencia de Macario en programas de memoria y homenaje reafirma su papel como modelo simbólico del cine mexicano para enfrentar la muerte cultural e imaginariamente. Por ejemplo, en el aniversario 60 de la película, la Filmoteca UNAM digitalizó Macario y lo exhibió junto a otros materiales cinematográficos alusivos.
El Día de Muertos ya no aparece sólo como contexto: puede ser el motor narrativo o el clímax simbólico. El terror contemporáneo lo aprovecha como una estética con sentido que no solo busca generar miedo; más bien lo resignifica como ritual, identidad y duelo.
La riqueza del cine mexicano radica en que esas representaciones se sienten genuinas; no como una caricatura del terror occidental, sino una muerte que se acepta y con la que se convive.
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