Hay películas que sobreviven a su época porque siguen planteando preguntas que no han perdido vigencia. Volver a ellas no significa únicamente reconocer su importancia histórica: también permite descubrir qué dijeron sobre México, desde dónde lo dijeron y qué aspectos de nuestra sociedad decidieron poner frente a la cámara.
La historia del cine mexicano no está hecha de una sola mirada. Conviven en ella distintas formas de entender la ciudad, el campo, las relaciones de poder, las mujeres, las clases sociales y las transformaciones del país.
Por eso, revisitar a sus directoras y directores puede ser también una manera de ampliar nuestra propia idea de lo que ha sido el cine mexicano.
Roberto Gavaldón:
un México entre el progreso y la incertidumbre
La obra de Roberto Gavaldón permite mirar de otra manera la idea de modernidad en el México del siglo XX.
En La fragilidad de lo sólido. El espacio urbano y rural en Días de otoño y Rosa Blanca de Roberto Gavaldón, publicado por Karina Solórzano en Discurso Visual, la autora analiza cómo el director construye sus espacios urbanos y rurales como escenarios donde la promesa del progreso no siempre se cumple. El tren, las ciudades y las vías de comunicación aparecen asociados al movimiento, pero también a la posibilidad de perder aquello que se deja atrás.
En Rosa Blanca (1961), por ejemplo, el conflicto alrededor de la propiedad de la tierra permite observar las tensiones entre territorio, capital y modernización. En Días de otoño (1963), la Ciudad de México se convierte en un espacio de contrastes donde las expectativas de una nueva vida chocan con la soledad y las desigualdades de sus habitantes.
Volver a Gavaldón es volver a preguntarnos qué entendíamos por progreso y quiénes realmente podían beneficiarse de él.
Luis Alcoriza:
mirar México desde la experiencia del exilio
La trayectoria de Luis Alcoriza resulta singular porque su mirada sobre México nació desde una experiencia de desplazamiento.
En el texto especializado Luis Alcoriza o la mexicanización del exiliado cinematográfico republicano, publicado por Jorge Chaumel Fernández en Espacio, Tiempo y Forma. Serie V. Historia Contemporánea, se analiza cómo el cineasta español republicano desarrolló en México una carrera como actor, guionista y director hasta convertirse en una figura fundamental de la cinematografía nacional.
Su colaboración con Luis Buñuel fue determinante para su formación como guionista, pero Alcoriza desarrolló posteriormente una filmografía propia en la que observó los cambios y contradicciones de la sociedad mexicana. El estudio de Chaumel destaca precisamente su capacidad para abordar problemas sociales y políticos desde la perspectiva de alguien que, aunque provenía de otro país, terminó incorporándose profundamente a la cultura mexicana.
Películas como Tiburoneros (1963), Tarahumara (1965) y Mecánica nacional (1972) permiten seguir esa evolución.
Su obra plantea una pregunta particularmente interesante: ¿cuánto tiempo necesita alguien para dejar de mirar un país como extranjero y empezar a formar parte de su imaginario?
Matilde Landeta:
cambiar quién podía contar las historias
Si hubo una directora que tuvo que abrirse camino contra las estructuras de su tiempo, fue Matilde Landeta.
En el artículo Matilde Landeta: la cineasta que cambió la mirada de las mujeres en el cine mexicano, publicado por Fernanda Río Armesilla en Fósforo UNAM se reconstruye una trayectoria marcada por la decisión de colocar a mujeres y otros grupos históricamente desplazados del centro de sus relatos.
Landeta comenzó trabajando como script y aprendió el oficio dentro de la industria antes de convertirse en directora. Esa experiencia influyó en una filmografía que cuestionó los papeles tradicionalmente asignados a las mujeres.
En Lola Casanova (1948), La negra Angustias (1950) y Trotacalles (1951), sus protagonistas no son figuras pasivas dentro de la historia: toman decisiones, enfrentan estructuras sociales y ocupan espacios que el cine de su época rara vez les concedía.
En palabras del análisis de Río Armesilla, Landeta buscó construir “el otro cine, el cine de la mujer”, incluso antes de que existiera el lenguaje teórico con el que posteriormente se analizaría la mirada masculina en el cine.
Revisitarla significa preguntarnos quiénes fueron excluidos del centro de la pantalla y qué historias aparecen cuando ese centro cambia.
Busi Cortés:
la intimidad también puede ser política
Otra mirada imprescindible es la de Busi Cortés, una de las cineastas que contribuyeron a abrir nuevos espacios para las mujeres dentro del cine mexicano contemporáneo.
Su obra se caracteriza por acercarse a las experiencias femeninas desde lugares menos evidentes: la memoria, las relaciones familiares, los secretos, las decisiones personales y las tensiones entre lo que una mujer desea y lo que la sociedad espera de ella.
En Busi Cortés: una pionera del cine hecho por mujeres en México, publicado por A. G. Spíndola en Cine PREMIERE, se destaca la relevancia de su trayectoria y particularmente de El secreto de Romelia (1988), película que obtuvo cuatro premios Ariel, incluido el de Mejor Ópera Prima.
También resulta significativo que Cortés haya trabajado distintos formatos y géneros, incluyendo documental, ficción y mediometraje. Su obra demuestra que hablar de las mujeres en el cine no implica únicamente representar grandes conflictos sociales, también es mirar aquello que ocurre en el ámbito íntimo y cotidiano.
Su trabajo puede leerse, además, junto con la reflexión crítica sobre su cine desarrollada por Arantxa Luna en Las mujeres laberinto de Busi Cortés, publicado en Letras Libres, donde aborda la complejidad de las protagonistas y los espacios que construye la directora.
Gavaldón, Alcoriza, Landeta y Cortés pertenecen a generaciones y contextos muy diferentes. No tienen una misma estética, ni hablaron de los mismos problemas, ni construyeron personajes desde las mismas perspectivas. Y precisamente ahí está su valor.
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